El Dorado del siglo XXI

Observando el terrible caso del arco minero, la minería ilegal y las lánguidas acciones con las que se afronta la situación, da la impresión que el tiempo arrastra a los hombres hacia las mismas experiencias hasta que un día decidan aprender.

Cuando los alemanes Welser, gobernaron en Coro, no hicieron más que ir tras la famosa ciudad conocida como El Dorado. En tamaña empresa se perdieron la vida de muchos hombres, tanto virtuosos como canallas. Podría atribuírsele la tragedia al clima, las enfermedades, o a los nativos aguerridos como los Omaguas, descritos por Oviedo y Baños en su Historia de la Provincia.  Podría asumirse que el fracaso pudo ser producto de la fantasía o de la ambición, pero aun siendo así, quedaríamos cortos de mira.

Dudo que los españoles de aquel entonces comprendieran la trascendencia de construir el «Dorado», pues su accionar, luego de la experiencia de los alemanes, fue el de poblar estas tierra y sacar de ellas sus frutos.

Con la llegada al poder de Juan Vicente Gómez, el petróleo, el oro negro, ubicado en nuestras tierras benditas, logró captar la atención del mundo. Era inevitable, la búsqueda del Dorado había vuelto, estaba bajo la superficie y todos querían tenerlo. Todas las naciones del mundo tenían, de nuevo, interés por nuestra tierra, desolada por las guerras civiles.
En los años 50, con un programa de obras y administración de recursos, puede que se haya logrado enfrentar la famosa enfermedad holandesa con éxito, pero para los 70 con la llegada de Carlos Andrés Pérez al poder y la subida de los precios del petróleo, las deudas aumentaron, la corrupción se desbordó y los venezolanos, afectados por el modelo político imperante sufrieron un cambio cultural, que venía gestándose en los dos gobiernos anteriores. El petróleo tuvo consecuencias notorias, afectó nuestro medio físico, para bien y para mal, y con el nuestra conducta.

Esta tenue pincelada histórica nos lleva a la bonanza petrolera que recibe el gobierno de 1999, ya veníamos de una mala administración de cuatro décadas y es ahora cuando se exacerban nuestras fallas. La calidad de la producción disminuyó, pero el oro negro salía en grandes cantidades. Se compraban las voluntades del mundo, al punto de aceptar la ineficiencia administrativa y abuso del poder con tal de tener una porción de aquel ansiado tesoro.

“¡No puede ser peor!” dijeron muchos venezolanos cuando la crisis parecía estar en sus límites. Para sorpresa de muchos, hoy, sin mentir y bajo riesgo de quedar corto, es cien veces peor. La caída de los precios del petróleo, el deterioro y ocaso de la industria nacional han llevado al régimen a la época de los barbáricos Welser ¡La búsqueda del Dorado!.

Bajo la premisa de acabar con la minería ilegal el gobierno toma el control del arco minero y se empiezan a plantear concesiones a transnacionales para explotar el territorio. Después de 15 años de ineptitud y alimentando intereses personales, no se puede esperar que de tal acto venga una solución para la crisis, al contrario, estamos en las puertas de la destrucción total del futuro de los venezolanos.

Se pretende sacrificar nuestro medio físico y un recurso renovable como el agua contenida en nuestros ríos, por un miserable ingreso económico que solo sera el salvavidas del gobierno de turno para someter  la nación a la miseria y esclavizar a sus ciudadanos.

La economía se puede recuperar con trabajo, buena administración y la voluntad de personas con verdadero amor nacional. No obstante, es necesario alertar que sin la oposición necesaria, el suelo sagrado que nos dio el gentilicio podría ser devastado para saciar los apetitos personales de quienes lo depredan. Sería la destrucción total de nuestra tierra.

Como dije al principio, el tiempo parece que arrastra a los hombres hacia las mismas experiencias hasta que algún día éstos decidan aprender  de su historia. Esa búsqueda eterna del Dorado que cubrirá a los hombres de riqueza y resolverá sus problemas, es justamente la vía en la que tanto hemos errado. Cómo expresara el padre Tudela a Felipe de Hutten en la novela de Francisco Herrera Luque, La luna de Fausto, “El  Dorado está aquí mismo, bajo la tierra que pisamos, en la semilla del maíz o de trigo que metemos en ella, en sus industrias, en sus rebaños; en todo lo que dé de comer a los hombres y protéjalos de la intemperie”. El verdadero tesoro está en la capacidad que tengamos de transformar nuestra materia prima, como lo indicó el politólogo Nelson Ramírez en su artículo titulado «Populismo, renta y pobreza»: «La verdadera riqueza está en el trabajo, la educación y en el reencuentro con nuestro acervo histórico.»

El verdadero Dorado está en nosotros y para alcanzarlo debemos tener voluntad para vencer todos los vicios que hoy padece nuestra nación.

Venezuela quiere ORDEN

José Graterol