LA HEGEMONÍA DE LA IZQUIERDA HA CREADO UN DESIERTO Y LO HA DENOMINADO CULTURA

Traducción del profesor @edgardoricciuti, la versión original en italiano de Marcello Veneziani puede leerla en IlGiornale.it

¿Será verdadera aquella leyenda que reza que la izquierda posee una hegemonía cultural? ¿Cuál fue y qué queda hoy de aquel plan de conquista y de dominación cultural de la izquierda? En principio, la hegemonía cultural era un proyecto y una teoría que Gramsci había trazado sobre la base de dos experiencias: la de Lenin, por un lado, y la de Mussolini por otro; inspirado en las ideas de Gentile y Bottai.

La tesis básica es bien conocida: la conquista de consenso político y social se logra a través de la conquista cultural de la sociedad. Posteriormente, fue Togliatti quien, a la caída del fascismo, implementó el diseño de Gramsci conquistando grupos de intelectuales -especialmente ex fascistas-, editoriales e instituciones cruciales para la cultura. Sin embargo, su proyecto no logró penetrar  esa sociedad que todavía tenía fuertes contrapesos. Fue en las parroquias, por la influencia estadounidense y en los principales medios de comunicación como la Rai, en manos del poder demócrata-cristiano, donde se impuso la evasión a dicha estrategia. El verdadero punto de inflexión llegó en el 1968: la hegemonía cultural ya no recae en el Partido Comunista, siendo aún el mayor empresario, sino que se extiende en todo el archipiélago de la izquierda radical. Dicha hegemonía se difunde exponencialmente, conquistando el lenguaje y sus perfiles, así como en escuelas y universidades, el cine y el teatro, las artes, los medios de comunicación y las salas de redacción.

¿En qué consiste hoy la hegemonía cultural? En una mentalidad dominante heredada del comunismo de una pretensión de Verdad ineluctable: que el progreso, no se puede eludir su éxito. Esa mentalidad se ha conformado en un código ideológico y en una etiqueta social, conocida como lo “políticamente correcto”, la intolerancia y el fanatismo liberal permisivo. Quien esté fuera, también lo estará de la razón, deberá justificarse, se considerará fuera de lugar y fuera de tiempo, reducido a un desecho del pasado o a una anomalía patológica. Dejemos a un lado las quejas y condenas, y hagamos la pregunta básica: ¿Qué ha producido esta hegemonía cultural de izquierda en términos de obras y de inteligencia, que huella ha dejado en la cultura, en la sociedad y en el individuo? Se me dificulta recordar obras realmente memorables y significativas de ese signo que hayan tenido impacto en la cultura y la sociedad. Y el juicio se hace aún más sorprendente si se comparan los autores y obras, con o sin razón identificados con la hegemonía cultural, frente al legado intelectual del siglo entero. La excelencia en todos los campos, de la filosofía a las artes, de la ciencia a la literatura, no pertenece a dicha hegemonía cultural y, muy a menudo, se sitúa en su contra.

La hegemonía cultural ha funcionado para el ostracismo y la dominación, pero no ha producido, ni promovido grandes ideas, grandes obras, grandes autores. De hecho, existen motivos para sospechar que existe un vínculo entre la degradación cultural de nuestra sociedad y la hegemonía cultural radical progresista. Los círculos culturales, los grupos de presión y las sectas intelectuales dominantes han dejado a la sociedad a la merced de la hegemonía de la subcultura y de lo vulgar. En consecuencia, el intelectual orgánico y colectivista ha producido un intelectual individualista y autista que no afecta a la realidad y se refugia en su narcisismo deprimido. Pero, ¿por qué sucedió esto? ¿Tal vez porque prevaleció un “clero” intelectual de funcionarios mediocres, obviando sus sus conocimientos académicos? Somos extraños al racismo cultural, por cierto, muy practicado en la izquierda, así que no creo que se trate de una cuestión «étnica», que se refiera a una raza dominante de la cultura. El problema es de contenido: la hegemonía cultural no ha transmitido ni ideas, ni valores, ni modelos de conducta positivos; lo que se ha logrado es disipar las ideas, los valores y modelos positivos en los que se funda la civilización. No funcionó en el plano constructivo, naufragaron sus utopías, empezando por el comunismo, pero si ha sido efectivo en el plano destructivo. Si la emancipación fue su valor fundamental y la liberación de su principal razón, el resultado fue una demolición formidable de la cultura y los modelos relacionados con la familia, la naturaleza, la vida con un sentido religioso y una percepción mítica y simbólica de la realidad, la unión de la comunidad, la identidad y las raíces, los méritos y las capacidades personales. Se las arregló para disolver un mundo, para deprimir y marginar culturas antagónicas, pero no pudo crear nuevos mundos. El resultado de esta desertificación es que no hay trabajos, ideas, autores que funjan como modelos, puntos de partida y fuentes de nacimiento y renacimiento. La hegemonía cultural trabajó como disolución, no como una solución. Hoy en día el comunismo no existe más, la izquierda aparece inexistente. Sin embargo, este concepto subsiste como una capa asfixiante, un cascarón vacío de ideas, valores, obras y autores. El resultado final es que la hegemonía cultural es un poder fuerte con un pensamiento débil (y no en el sentido de Vattimo y Rovatti); por lo contrario, el árbol de nuestra civilización, con sus raíces, su tronco milenario y sus ramificaciones en la vida real, es un pensamiento fuerte, pero con poderes débiles para su defensa. La primera es una iglesia con un episcopado a cargo y un vasto clero, pero sin una doctrina y una religión; viceversa el segundo es un pensamiento fuerte, con una vieja tradición, pero sin las diócesis y parroquias; es por ello que estamos inmersos en una guerra asimétrica entre un fuerte poder de disolución y una civilización que aún no ha caído en lo espiritual, pero impotente y sin éxito en la práctica y en medios de comunicación. El predominio actual de la barbarie deriva en gran parte de este desequilibrio entre una cultura dominante y a la vez nihilista, y una civilización perdedora o quizás ya perdida. El renacimiento tiene dos oponentes: la hegemónica cultura nihilista y el nihilismo sin cultura, típico de la vulgaridad de las masas.

Venezuela quiere ORDEN.